Lentamente se dirigió al balcón
para escuchar más de cerca aquel sonido extraño que no la dejaba dormir. Mientras
daba un paso tras otro, notaba que el sudor salia de su cuerpo
repentinamente, frio y espeso caía al piso al son de sus pisadas hasta que,
llegada al balcón logró concentrar toda su atención ahí, inquietamente paralizada, aguantando la respiración, con el
corazón ardiendo y en el éxtasis del momento, un silbido penetrante, muy
parecido al que causan los vientos sobre los espesales y llanuras o las altas
construcciones, o en lo elevado del
monte, pero más fuerte, más vivo aun, que aquel natural le adormeció el sudor.
- Sin embargo,
nadie en la casa se sacudió en su morar, nadie despertó ante tal incomodo
sonido, nadie o tal vez ninguno escucha al incesante silbador o de cosas
extrañas. Ni ella ni nada cercano daría una explicación ocurrente. Pero ella seguía
allí, sin importar si alguno o nadie le acompañara, sola, enfrentada a sus
peores miedos. Se sacudió y estiró su nuca, alzó la mirada, escondida tras de
la estaca, bajó sus pies y respiró, hacía falta un poco de aire, luego, intentó
caminar superando los límites del balconcillo, la intimidaba la puerta
principal, esa que la distingue al entrar todos los días, la despide mientras
asegura la casa, la misma que esta noche adormece la seguridad de nuestra
somnolienta desdichada, al punto de creer conveniente mientras mira, de unos
retoques o más bien de un cambio de pórtico. El temor esta noche podría suponer terminar en la basura o la hoguera, la fantástica puerta de madera que vio recuperar
el abuelo, 85 años atrás.
Pensar y no pensar en la entrada de la casa, en la
puerta, la apartó inconscientemente del fastidio problemático de aquel silbido,
había dejado de escucharlo mientras su mente dormía en el pensamiento
abstracto, perpleja e irresoluta con la intimidante y vetusta muestra colonial,
entonces decidió voltear y dejar atrás la confusa situación…

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